Boliches que han desaparecido

Alguna vez fue la avenida del ruido. Constitución cobraba vida propia, y en cada cuadra, uno o dos boliches convocaban en las noches veraniegas a millares de jóvenes. Eran otros años. Es más: algunos pagaban una entrada en una "boite" y si se aburrían o no lograban su objetivo, se trasladaba hasta otra donde también el movimiento era intenso.
La avenida Constitución fue sede también de algunas historietas de Isidoro Cañones. Hoy quedan algunos locales bailables, verdaderos centros nocturnos, como Sobremonte, Chocolate y Gap pero en comparación al panorama de años anteriores, todo ha cambiado.
La "movida nocturna" hoy parece pasar por la calle Alem, y los pubs de Hipólito Yrigoyen con los problemas propios de esta época.
Días atrás, revisando entre papeles, folletos y revistan que se acumulan en las oficinas de cualquier diario, apareció este libro con fotos de aquellos años. Aqui van entonces para disfrutarlos y recordar aquellos años, esperando los aportes de los lectores del blog.

Constitución, "la avenida del ruido", en los 70 forjó parte de la identidad del balneario y estaba llena de boites de moda.
Guillermo Villarreal, en un artículo publicado en el diario Clarín recordaba que no había otra cosa, ni farmacias, ni inmobiliarias, ni hipermercados. Nada, sólo exclusivas boites. No pisar la pista de alguna de ellas era como no haber venido a Mar del Plata. El perfil de Constitución cambió, pero la avenida del ruido subsiste con megadiscotecas y pubs.
En la década del 70 forjó parte de la identidad de la ciudad. Desde la ruta 2 hasta la costa había unos treinta boliches, y se diferenciaban por el estilo musical.
"Era otra cosa. No ibas a ver a nadie de zapatillas ni mal vestido. Todo el mundo se preparaba para ir a la avenida porque sino no existías", recordó Juan Carlos Olivito, que desde 1972 y durante 15 años fue el disc jockey de Sun Set. Por su pista levadiza pasaron todas las figuras de la farándula y era muy común ver entrar a Ringo Bonavena fumando un habano o a un rockero Guillermo Vilas tomando un trago en la barra.
Según ese artículo, en cuanto a la moda, se hacía referencia a camisas de solapas anchas, pantalones pata de elefante y mocasines relucientes para ellos. Ellas, minifaldas y botas altas, aun en pleno verano. Podría decirse que los looks son los mismos que ostentaban Isidoro Cañones y su amiga Cachorra en sus escapadas a Mar del Plata. De hecho, el creador de la historieta, Dante Quinterno, regaló al boliche un cuadro con una serie de Isidoro en Sun Set.
Fue la época de los discos de vinilo. "Había que tener oído para cortar y mezclar", cuenta "el Negro" Olivito. Su apodo viene de su preferencia por el soul. La rutina de las discos comenzaba con lentos desde las 22. Y desde la una, "movidos" hasta la salida del sol.

"En 1974, cuando la ciudad cumplió 100 años, todos los boliches sacaron los parlantes a la calle y convirtieron a la avenida en peatonal". Es una de las fiestas que recuerda Olivito, pero en realidad, dice, "entonces había fiesta todos los días".

La mayoría de las boites, como llamaban entonces a los boliches, desaparecieron. Estaban Beduinos, Bossa Nova, Llao Llao (el primero de Constitución; ahora hay un edificio de departamentos), Kokeshi, Canela, Aloha y Mau Mau, entre otros. Y dos inolvidables: Enterprise, que deslumbró por su arquitectura; emulaba un platillo volador y en la puerta atendía un robot, y El Castillo (después paso a ser Simbiosis y hoy es un gimnasio).



Pocos canales, muchos recuerdos

"Yo tengo, usted tiene,
todos tenemos un televisor
las películas de Tarzán, Batman,
Robin y superman
nunca llegan a sostener
un departamento que se va a caer
ni aplicandole el control
con los aparatos de los de Cipol"
(Fragmento del tema "La del televisor", de Piero)

Ahora que mis compañeros me "invitan" a prenderme en la locura de Lost, con la primera, segunda, tercera o cuarta temporada en DVD para ver "cuando quieras"; cuando se vienen los cambios de los decodificadores; cuando los plasmas gigantescos bajan de precios para que uno los tenga hasta en el baño; cuando uno tiene para elegir entre 90 canales y va de arriba hacia abajo y viceversa yendo de Nickelodeon a Discovery, que quiere que le diga, surge cierta melancolía en relación a aquellos años que había cuatro o cinco canales nada más.
No voy a caer en la torpeza de decir que eran tiempos mejores, pero por lo menos, uno seguía determinados programas y no existía la locura del "zapping". Tengo 43 años y guardo los mejores recuerdos de mi infancia televisiva con el aparto, blanco y negro obviamente en el comedor, con un "estabilizador" -una caja que nunca supe para que servía-, y hasta siento el olor del café con leche con pan, manteca y azúcar, mientras me deleitaba con "El Zorro".

Parentesis. Mi abuela me regaló una vez un disfraz del Zorro. Estuve tan entusiasmado corriendo con la espada imaginaria a mis hermanos, que en determinado momento me "comi" el marco de la puerta de la cocina, guardando como recuerdo tres hermosos puntos sobre mi ceja izquierda. Mis viejos me sugirieron que, con mis queridos hermanitos, nos dedicaramos a jugar a "La familia Ingalls", algo más tranquis obviamente. Eso si, nadie quería hacer de Laura. Somos tres varones.Cierro parentesis.



Los dibujutos animados, La Pantera Rosa, Piluso y Coquito, Carlos Balá, Pepe Biondi al mediodìa, antes de ir al colegio, Jacinta Pichimahuida, Los Autos locos, Flipper, Bonanza, Batman, Daktari, Lassie, el Super Agente 86, marcaron mi infancia.


¿Sigo?. La familia Telerin, el Topo Gigio, Los Muppets, Hijitus, Bugs Bunny, Titan es en el Ring, Plasa Sésamo, El hombre del rifle. Después llegaron El IncreIble Hulk, La Mujer Maravilla, Dallas, Koyak, Columbo, Super Agente 86, Starky and Hutch, Los Angeles de Charly(¿quien no se enamoró de Farrah Fawcet?),Dinastía, y miles de programas más. Es este listado absolutamente incompleto -bienvenido el aporte de los lectores- y cada uno tendrá su recuerdo.


Odiaba los domingos a la noche. Era la hora, después de Titanes en el ring, de irse a la cama para arrancar el lunes la escuela. Desde la habitación se escuchaba el programa de "Tato Bores", a quien mi viejos veían sí o sí, al igual que "Grandes valores del tango". Escuchar a Tato significaba la muerte del fin de semana. Mi vieja planchaba los delantales y Tato monologueaba. Creo que recién de grande aprendí a valorarlo y quererlo. De chico le tenía cierta "bronca" al queridísimo Tato.

Así como en materia radial, mi infancia es equivalente a escuchar el "Rapidísimo" de Larrea, a Antonio Carrizo o al Gordo José María Muñoz los domingos con sus contactos con la Antártida, en una galería de fotos televisivas no podrían faltar Mirtha Legrand, Pipo Mancera, "Cacho" Fontana, Pinky, y obviamente Alberto Olmedo y Jorge Porcel. Ellos fueron mis compañeros de televisión.

Veré Lost, seguramente. Me gustará, seguramente. Pero nunca, nada en televisión me va a devolver los increíbles e inolvidables momentos de mi infancia, cuando las rodillas estaban morotoneadas y llenas de "cáscaritas", las "Flecha" azules descocidas, la pelota de fútbol siempre cerquita y las figuritas de lata en el bolsillo del pantalón.


Algunos videos de series para compartir





Súper Agente 86



Titanes en el ring



VideoMatch



Tato Bores

Avisos con historia

Los turistas extranjeros no paran de comprar en San Telmo, viejos afiches o carteles de publicidades comerciales que hicieron historia. Hoy están de moda, incluso en los bares y confiterías de la ciudad, donde cuadros de avisos de Fernet, Coca Cola, Quilmes, etc, adornan las paredes.
Pero fascinante puede resultar también recorrer viejas colecciones del diario LA CAPITAL donde uno se encuentra con avisos de firmas tradicionales que ya desaparecieron, mientras otras siguen en pie atendidas por distintas generaciones de una misma familia.
El primero de enero de 1928, es decir, hace 80 años, LA CAPITAL publicaba un suplemento especial en el cual, entre otros, José Ingenieros firmaba un artículo sobre "El valor del tiempo". Entre espectaculares avisos que se reproducen a continuación, Ingenieros señalaba que "por el valor que atribuyen al tiempo puede medirse el mérito de los hombres. El insignificante, vive aburrido, preocupándose de la manera de matar el tiempo; el hombre de vida intensa no se tedia nunca, ingeniándose para multiplicar las horas del día". Y a renglón seguido apuntaba que "aunque parezca paradojal, el holgazán vive diciendo que no tiene tiempo de hacer ninguna cosa de provecho, en cambio al hombre activo le sobra para todo lo que desea ejecutar a punto de que los perozosos se preguntan ¿cuando trabaja?".

Pero el tema pasa por los avisos. A. de Leonardis, la casa de ropa, ofrecía "juego de camiseta y calzoncillo" a 2,90 pesos, y sombreros de paja fina con tafilete de cuero a 2,50 pesos.

Mientras tanto, "Los 36 billares", de Constantino Menéndez, anunciaba "bebidas nacionales y extranjeras legítimas", en San Luis 1731.

En "Catuogno y Cia" se vendía el "Buick", el automóvil con pique, velocidad, poder, belleza, distinción y elegancia, al tiempo que la mueblería "Pascarelli", de Rivadavia 2563 alquilaba muebles, colchones y pianos por la temporada. La empresa Pedro Guma anunciaba que construía un chalet en 25 de Mayo y Rioja por 18.000 pesos.


Avisos para recordar. Avisos que testimonian también parte de la historia de Mar del Plata

Fotos para el recuerdo

Revisar el archivo del diario puede deparar interesantes sorpresas. De hecho, cuando un periodista comienza a revisar materiales en el archivo, sin dudas invertirá no menos del doble del tiempo que tenía previsto originariamente. Uno va a buscar una vieja foto en papel y se encuentra con otra que trae recuerdos, y otra, y otra.
En una de esas visitas a nuestro archivo, aparecieron las que ilustran estas líneas.
La primera de ellas, es la de un recital de Sandro en el Hermitage. Fue el 12 de enero de 1987, o sea, hace 21 años. Sandro se cansó de llenar esa sala. Ocupaba una suite en el hotel y el salón Versalles siempre "explotaba" ante su presencia. Sandro, un grande sin dudas, nunca dejaba de venir a Mar del Plata.

En otra de las fotos de papel, aparece el saludo final de una obra en el teatro Neptuno.
Con trajes blancos, Jorge Porcel, Juan Carlos Calabró, Juan Carlos Altavista y Gerardo Sofovich reciben sonrientes los aplausos del público. Temporada del 84, con la democracia muy jóven y gente entusiasta que colmaba teatros y restaurantes. Una excelente temporada vivía Mar del Plata. Porcel y Altavista ya fallecieron, Sofovich sigue produciendo espectácus y Calabró actúa esta temporada junto a su hija Iliana.

La foto de los teléfonos públicos naranja es del 83. Se hablaba con cospeles. En el verano se armaban colas eternas. "Llegamos bien, estamos disfrutando de la playa",se señalaba desde este lado. Los tiempos cambiaron. Así como prácticamente fueron desapareciendo las postales, ya casi nadie usa el teléfono público -cuando están sanos, claro está- para hacer llamadas de larga distancia. Con el celular, con un mensaje de texto, un mail o una llamada desde un locutorio, los argentios nos comunicamos al instante, aunque se recuerden con nostalgia los teléfonos naranja de Entel.

Y rasguña las piedras...

Charly García estuvo días atrás en Mar del Plata, y en un reportaje que otorgó al diario LA CAPITAL confesó su excelente relación con esta ciudad. Pero sorprendió cuando contó que Sui Géneris, grupo legendario de la historia del rock nacional, nació precisamente en Mar del Plata.
"Acá fue donde una noche se fue el bajista. Éramos soportes de Pedro y Pablo y del Negro Jimmy, y el bajista nuestro se asustó y se fue. Al irse el bajista, el baterista quedó sin par y entonces debutamos como dúo con Nito Mestre. Hacíamos las mismas canciones que con los cuatro y la gente nos empezó a aplaudir, así que nos dimos cuenta que ese era el asunto. Así nació Sui Generis, en Mar del Plata", relata para que quede en la historia su testimonio.

A partir de ese testimonio ya se escucharon historias relacionadas. Por ejemplo, los hermanos Balmaceda, periodistas y escritores, recordaron que estuvieron presentes aquella noche y prometieron contar sus recuerdos en un artículo a publicar en los próximos días.
"Mar del Plata es un pedazo bastante importante de mi infancia. Significa una carpa en la Bristol o por ahí, haber descubierto la citarina -que fue el primer instrumento que toqué-, un choque con los autitos en la Plaza Colón, mi tío "Chucho", pintor, un abuelo que no conocí que parece que tenía algo que ver con el Torreón, Nito Peralta Ramos, la San Martín... Mar del Plata siempre fue un lugar que lo sentí como muy mío. Tengo además muy buenos recuerdos de este hotel", dijo Charly.

"Mar del Plata es importante para mi: acá nació Sui Géneris", reiteró el talentoso músico quien año tras año se presenta en Mar del Plata Charly, un habitué de los boliches de Constitución o Alem tras sus shows, estuvo nuevamente en Mar del Plata, como siempre. Esta vez, regalando un valioso testimonio sobre el nacimiento de Sui Géneris.

El Castillo, el Tronador, el Polideportivo, la playa (Rock in Bali), el Super Domo, el Roxy, el Radio
City, el Auditorium, entre otros, han sido testigos de los recitales de Charly con las más variadas formaciones. Para recordar algunos de esos momentos, fotos de nuestro archivo.

Fotos para que se piante un lagrimón


Ver las fotos del libro pueden despertar una serie de recuerdos particulares en cada uno de los lectores. Acaba de editarse "Colección Tesoros Familiares - 70´s", el primero de esta original serie de libros que reúne medio siglo de fotografía familia. La idea y realización es de la diseñadora gráfica Verónica García y la fotógrafa Lucila Bodelón.

Se rescataron aquí las imágenes de una década para que el paso del tiempo no borre el modo en que los padres retrataban a sus hijos, las vestimentas, juegos y costumbres que formaron a los niños de los 70´s.
Vacaciones, primer día de clase, una salida especial de fin de semana y cumpleaños eran los momentos ideales para sacar la cámara del modular. Hoy la fotografía familiar ha cambiado y está en manos de grandes y chicos a través de cámaras o celulares. También los momentos excepcionales han mutado y algo banal y cotidiano es fotografiado una y mil veces.


Una colección para reecontrarnos con los 70´s, desde la calidez y candidez amateur con las que nos retrataron padres, amigos y parientes. Fotos de un ayer no tan lejano revisitado desde la mirada contemporánea de Lucila Bodelón y Verónica García, quienes sutilmente ponen de relieve, a través de su selección, la estética y la filosofía de una década. En definitiva, cada foto nos invita a volver a ella para descubrir sus detalles, esos tesoros escondidos que evocan historias y memorias, únicas e irrepetibles. "Poco importa quienes son esos otros en las fotos porque tan familiar nos resulta el entorno que allí nos encontramos también nosotros", explicaron con acierto sus autores.

Isidoro ahora también cuenta con un Libro de Oro

Cuando el mítico Dante Quinterno murió en 2003, la noticia llegó tarde o al menos enrarecida. Es que tenía 93 años y como suele suceder en casos como el suyo, mucha gente, incluso la que sabía que era "el de Patoruzú", suponía que estaba muerto hacía tiempo. Sin cara y sin voz (casi no dio reportajes, ni se dejó fotografiar por largos años), estaba alejado del que había sido su obsesivo universo de creación y trabajo. El notable dibujante era al final y por propia decisión, una marca editorial (como Columba), luego de haber sido durante mucho tiempo para la historia del humor, la historieta y la industria gráfica argentina un creador insoslayable.
El caso de Quinterno es interesantísimo. Singular y ejemplar a la vez. Su vida profesional se confunde, coincide, casi exactamente durante tres décadas (1925-1955) con lo mejor de la historia de la historieta y el humor gráfico local. Es el primer grande, definitivamente. Y lo que enseguida salta a la vista del curioso investigador es la extraordinaria precocidad, el talento artístico (notable dibujante, gran narrador) y la visión (la voluntad constructiva, comercial y empresaria).
Quinterno nació antes del centenario (es de 1909, un año menor que Frondizi, dos que Homero Manzi) y a los catorce ya era un dibujante excelente que publicaba en las revistas. Creció, apurado adolescente y se formó en la Buenos Aires de laburantes y bohemios que describe el tango, que emociona el fútbol y el boxeo, que pinta el sainete, que nombran los poetas de Borges a Tuñón. Es el país y la ciudad que vive el postrer apogeo económico del esquema de los ganados y las mieses, antes de la crisis política y económica del año 30.
Se sabe que el pibe Quinterno aprendió y se formó junto al famosísimo Mono Taborda y que tras la temprana muerte de éste, ayudó a Arturo Lanteri, otro consagrado. Pero el chico los superó de inmediato: a partir de los dieciseis impuso sus propios personajes porteños, plenos de observaciones costumbristas -Panitruco, Don Fermín, Manolo Quaranta- antes de los veinte ya era un profesional exitoso que empezaba a tallar en los grandes diarios con sus arribistas -Don Gil Contento y Julián de Monte Pío- y apenas cinco años después era el dueño de la pluma mayor y la pelota. Quinterno tiene todas las características del pionero, del tipo emprendedor de frontera que descubre un espacio y lo llena con ambición, trabajo y creatividad. Es alguien que se inventa a si mismo, generando una obra (en todos los sentidos) y que desde el principio es consciente de sus potencialidades.
Su creación absoluta, el personaje de Patoruzú (que nace, cre, muta y se muda nerviosamente de uno a otro de los diarios más dinámicos de la época -Crítica, La Razón, El Mundo- hasta constituirse en un auténtico fenómeno de popularidad) está en la base de todo.
Después, una vez obtenidos no sin pelear, los plenos derechos de propiedad intelectual y explotación comercial de marca y personaje, Quinterno se independiza y comienza a construir lo que será su vigoroso imperio al fundar, alrededor del indio, revista, editorial y sindicato propios ("sindicato" en el sentido de syndicate norteamericano: agencia propietaria y distribuidora universal de sus historietas y personajes).


Es que el joven Quinterno, formado mirando a los autores de la época dorada norteamericana -del hierático McManus de "Bringing up Father" (modelo en "Panitruco") al principio, a la modernidad dinámica de Dirks, Rube Goldberg y De Beck y sobre todo Segar, después- tiene un modelo definitivo y superador de todos, que va más allá de las afinidades de trazo: Walt Disney.
Si hay que buscarle un paralelo, Quinterno es nuestro Disney. Pero se recorta sobre ese modelo, no sólo porque el ritmo y el clima de las primeras aventuras disparatadas de Patoruzú (como "El águila de oro") le deben mucho a Floyd Gottfredson, el genial responsable de Mickey de esos años, sino por los gestos que van más allá de la imaginación gráfica, que hacen a su concepción integral del negocio. Por algo a principios de los 30 -un muchacho aún- viaja a Estados Unidos en peregrinación iniciática y visita la factoría de los dibujados sueños animados. Quiere saber de qué se trata y cómo se hace. Y diseña su modelo de desarrollo creativo y comercial a partir de ahí. Así, de Disney, el incipiente autor-empresario aprende la necesidad y los beneficios de saber derivar, trabajar en equipo, armar una máquina productora bajo su férreo control, donde haya espacio para la expresión libre y donde la creatividad individual confluya bajo una sola firma constituida en marca. Casi desde el principio y a lo largo de décadas, tanto Patoruzú e Isidoro, como Upa y Patoruzito después, serán el resultado del trabajo conjunto de dibujantes y guionistas formalmente anónimos, ilustres conocidos desconocidos: su hermana Laura Quinterno, el gran Tulio Lovato y Mirco Repetto, entre otros.
Por otra parte, el mensuario luego quincenario y finalmente semanario Patoruzú inaugura un tipo de revista para la que Quinterno abre sabiamente el juego. Así convoca a múltiples colaboradores e inventa una fórmula original concebida para un lector más amplio: "para la familia". Patoruzú instaura una manera de combinar el humor gráfico y escrito con la actualidad opinada y durará tres décadas. Nada menos.
Quinterno fue maestro y su revista, escuela de campeones. Desde Patoruzú dio espacio y alas a Ferro, Blotta padre, el primer Divito, el primer Mazzone, Poch, Toño Gallo, Ianiro, Battaglia... Cada uno con sus personajes y su estilo. Algunos, Divito, Ianiro, Mazzone, se fueron y crecieron en la competencia. Otros, como Ferro o Battaglia, siguieron muchos años con él. Ese Patoruzú se constituyó en institución y el glorioso Libro de Oro era el moño que junto con el pan dulce y la sidra, cerraba el año en paz.
Claro que la consolidación editorial no era todo. Había una asignatura pendiente. Porque Disney significa además, el cine de animación. Y esos años son los de la explosión, los del salto de calidad técnica y pretensión del invento: los primeros largos, la animación realista de Blancanieves, de Pinocho, de Fantasía.
Los quince minutos de fama y de Upa en apuros que Quinterno conseguirá laboriosamente poner en pantalla recién en 1942 (una década después de aquella primera visita a los estudios) son todo lo que consigue plasmar de su sueño de celuloide. El suyo, destino sudamericano, será un reino de papel. Su revista será un clásico de exportación, el sindicato venderá por y para todos los medios de habla hispana al cacique e incluso intentará la incursión en el mercado norteamericano.
De todos modos, impresiona la modernidad y el ímpetu del proyecto de Quinterno en esas primeras dos décadas de trabajo. Patoruzú y compañía saltan de la revista y la tira, a la radio, a los muñequitos, a los disfraces, a la publicidad. No hay espacios vacíos donde no pueda entrar su personaje.

Y es entonces que redobla la apuesta: lanza Patoruzito, semanario puro de historietas en 1945. Y lo hace en un momento clave, cuando le ha nacido competencia pícara con Rico Tipo, cuando ha decidido poner las barbas opinadoras en remojo ante las dificultades de la politizada Cascabel y cuando la novísima Editorial Abril le abre un frente infantil con los personajes de Disney, nada menos.
Desde el logo original y con la ilustración única de tapa colorida a la manera de Billiken, Patoruzito apunta para abajo en la escala de estaturas de la familia, y gana. Combina sabiamente los distintos tipos, tonos y tramas de relato. Del texto literario adaptado a la aventura moderna y al humor desaforado, unidos todos por el estereotipo narrativo del folletín: el "continuará".
Dibujo realista en Salinas ("Hernán, el Corsario"), Mottini, Breccia ("Vito Nervio"), Premiani y Lovato ("Rinkel, el ballenero"). Desafueros expresivos en el humor de Ferro y su "Langostino", Battaglia y "Mangucho y Meneca" o "Don Pascual". Es decir, los mejores. Compra a los syndicates "Rip Kirby", "Captain Marvel", "Rusty Riley", pero no falta "Tucho, de canillita a campeón" y con los gauchos de Roux o de Rapela, el apropiado color nacional. Para adolescentes y para los más chicos, Patoruzito es perfecta.
Luego nacen las Locuras. Es sabido que el personaje que cristaliza finalmente en Isidoro Cañones nació varias veces, conoció distintos nombres y avatares, como las deidades hindúes, hasta alcanzar su forma definitiva. Es algo propio de los muñecos de historieta irse haciendo en el tiempo, cercer y des-formarse por el autor, pero sobre todo, a partir la repercusión entre los lectores. Si Patoruzú nació formalmente tres veces, Isidoro siguió un proceso similar, paralelo y complementario. Lo notable es que al arquetipo porteño del atorrante, arribista y vividor, Quinterno lo pensó primero. Patoruzú (como Popeye, como Clemente) es el personaje ocasional que irrumpe como variable loca en la tira diaria, desde un papel secundario y ridículo y desde ahí, se va apropiando del protagonismo, hasta quedarse finalmente con el cartel y el título.
El proceso es así: en un primer momento el indio inocente, provinciano, estúpido y rico, que llega de punto a la historieta costumbrista para ser motivo de bromas y estafa por el equívoco porteño piola (Don Gil, Julián) se revela motor de situaciones por si mismo y cambia el eje, el tono y la esencia misma de la historieta. Luego devenido protagonista solitario y dueño de su tira, el indio encuentra y asume insólita y voluntariamente "un padrino" (aquel mismo porteño piola y vividor, olvidado y reciclado) pero aunque el vínculo desigual vuelve a ser el mismo, el contexto es otro: del costumbrismo urbano pasamos a la aventura cosmopolita, de la ciudad, al cielo y al mundo abiertos de la peripecia, donde el piola es por lo menos, disfuncional y ridículo. En un tercer momento, una nueva contrafigura, el coronel Cañones, le vendrá a poner apellido, límites rígidos, sopapos y tiros por las patas a las impenitentes travesuras del "padrino" ahora devenido "sobrino" y potencial heredero, ante el regocijado acuerdo de Patoruzú. Frente al Coronel, que viene para quedarse, Isidoro se define otra vez por la ambición original (apropiarse de una fortuna cercana o al menos no dejar que otro u otra se la sople) pero tiene respecto de él una distancia inicial que no es el fraternal vínculo con Patoruzú.
El último avatar será la separación de ambas series de historias: vivir aventuras con Patoruzú en rol secundario y hacer "locuras" como personaje principal mientras vive con el Coronel. Padrino apadrinado o sobrino desheredable, Isidoro (Cañones) corporiza la infracción, la incorrección en el fondo amable y contenida por el orden inmutable que encarnan sus tutores.
Quinterno e Isidoro pertenecen a un mundo -el de su alevosa y gloriosa juventud- que ya hace mucho no es el nuestro. Vaya el recuerdo agradecido por ello.